Tan pronto como el último elfo desapareció, sus nombre también empezaron a perderse, a confundirse, los nombres eran algo poderoso, en su canto llamaron a los elementos de Arda a la existencia poniéndole un nombre. Cuando sus nombres variaron y pasaron a lenguas muchas...cambiaron también sus dominios y las Tierras tomaron otras formas y los mares cobraron siluetas distintas bajo las cuales Ulmo podía aún convocar tormentas.
Al ser nombrados de otro modo aparecieron otras historias, estas a su vez influyeron en su naturaleza, en su propia percepción, los primeros se transformaron lentamente en poderosos reflejos de los hijos menores de Iluvatar, las dualidades permanecieron igual, pero el velo de los hombres no les permitió verlas más, el mundo que era guardaba al que debía ser lejos de los ojos y los corazones de todos los hombres salvo aquellos de gran sabiduría.
Los que nacieron después empezaron a dominar el poder de su propio canto, en cierto sentido el canto mismo que conjuró al mundo en tiempos ya absurdamente lejanos...cantaron los objetos de su mente a la existencia y cantaron también sus peores pesadillas a la realidad, hicieron del mundo una extraña forma gris harto distinta de lo que había sido antes, supieron como cantar mejor que antes y al mismo tiempo olvidaron la verdadera naturaleza de aquella fuerza, se hicieron más poderosos que los hombres de otrora pero a la vez mucho más débiles, volvieron a caer en los miedos de Númenor, prolongaron su vida a un gran costo y sin entender con que fin.
En medio de la canción que invocaron en su cotidianidad silenciaron los cantos de las aves más que como acompañamientos cacofónicos a los que no lograban acostumbrarse. Tomaron a Huan poderoso y lo debilitaron, lo sometieron. Le tenían un miedo absurdo al silencio y por ello tomaron parte en tales actos, las voces antiguas podían escucharse en el silencio y una sensación extraña podía aparecer en ellos; la sensación de conjurar más, de buscar más, de hacer las paces con su frágil existencia.
Eso muchos no podían permitírselo.
En un mundo en donde los ruidos eran mucho más poderoso de lo que habían sido antes -salvo quizá en la Dagorlad o en la Nirnaeth Arnoediath- reinaba también un extraño silencio que lo engullía todo y del que aún Morgoth se habría sentido orgulloso.
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