jueves, 20 de julio de 2023

Arrastrarse.

Los demonios fueron siempre ángeles, aunque algunos perdieron por siempre en la caída a través del cosmos sus colores, su brillo o su belleza, bastantes otros les conservaron, cual si fuera parte del castigo y los gritos de los demonios eran cánticos angelicales de vez en vez. Los demonios siempre se arrastraron porque sus alas quedaron dañadas más allá de salvación alguna eso si y caminar dolía en cierto sentido porque caminar a su modo es cercano a volar pero no lo suficiente.

Los demonios fueron siempre un recordatorio de lo que ellos mismos y otros tantos habían perdido y las uñas etéreas de sus dedos no podían dañar el estado de sus rostros multicolores más de lo que pudieron dañar los tronos divinos.

Y las almas que cuidaban en los bosques, las almas que debían torturar pero más bien protegían eran en cierto modo almas hermosas aún si oscuras, algunas con voces que les recordaban las propias y otras honestamente no, pero con cánticos que bien proveían de la misma ruptura alguna vez experimentada...ya mucho tiempo atrás.

Los cantos de los arboles torturados les recordaban un momento olvidado eones antes, disuelto en las arenas del tiempo, cortar las ramas de los arboles era tortura, pero dejar que crecieran y les asfixiaran era peor tormento, alguien diseño horrendamente bien ese calabozo y no era el ocupante del noveno circulo por cierto.

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