Aquel doctor viejo se había amargado en la juventud, se había cortado en medio de jugo de limón cuando sus colegas disfrutaban de febriles fiestas y banquetes.
Retirose a las montañas pronto, entrego su cuerpo a la nieve, no cambío ni sufrío en lo absoluto, simplemente, solamente se quedo en la cima del mundo mirando el pasar del tiempo.
Allá arriba sin relojes no había tiempo, solo noche de estrellas toxicas de ciudad y cielos negros o días de borrosa niebla contaminante y cielo lejano y azul.
Calor no grato, lluvias que se llevaban toda la ropa, hierbas que crecían y le cubrían entero, vientos que le desnudaban de nuevo y nieve bondadosa que cubría el cuerpo, estatua perpetua en invierno.
Aquel hombre viejo dejo de serlo...sin comer y resistiendo el embate de los vientos, mirando muy de frente se volvío Dios como los hombres solo pueden llegar a serlo, mirando todo sin poder cambiar nada mas que susurrando algún secreto al aire dispuesto.
Miro amores surgidos en conversaciones de navajas y galletas, justicia lenta, injusticia inmensa, mujeres enemigas declaradas sin serlo...que podrían haber reido juntas del chiste correcto, miro ciegos que podían distinguir colores y formas pero no razones y fundamentos.
No estaba allí cuando los hombres crearon hongos gigantes para comerse entre ellos pero le parecío que sí y que el tiempo no pasaba y que su ayudar no ayudaba ni las cosas se movían como podría ser.
Pregunto si su experiencia en el monte podía ayudar mas que solo consejos al viento, movió las piernas bajo de nuevo por el sendero de sus olvidadas huellas, contó cada detalle, cada momento e instante, se lo llevaron preso, le inundaron con pastillas para olvidarlo todo, se escabuyo en silencio, se recordó hombre y cual creyo olvidado, lloro y se lamento de nuevo.
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