Había una muralla invisible entre sus labios y los míos, formada en parte por el olor penetrante de tabaco quemado, los ecos de las muchas palabras que nos habíamos dicho.
Descubrí inquietado que esa muralla era todo, ese espacio a punto de colapsarse en medio de nuestros rostros era lo que impulsaba nuestros ingenuos juegos estudiantiles.
Me preguntaba como cambiaría esa muralla invisible con el paso de los años y los besos, por ahora colapsaba.
Primero me abordo una extrañeza, una sensación húmeda, una voluntad propia acoplandose, yo me acoplaba a aquello a la vez.
Había cerrado los ojos por el sol? Recordaba estar mirando sus ojos hace poco tiempo, que niñeria cerrar los ojos y sin embargo cerrados estaban los parpados, rojizo el color que brindaba la luz del sol mortecino, al abrir los ojos los suyos estaban en frente, cerrados al principio, abiertos un instante después.
Pudimos haber llorado en aquel momento, pero más bien una sonrisa vino a nuestras bocas.
La muralla no había colapsado del todo, pero entre nosotros nunca más sería tan inmensa, tan eléctrica en ese preciso sentido.
Cambiaría como cambiamos todos.
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