Me pregunto que tan distinto será esto de lo que Yourcenar ya ha escrito.
Al mirar aquél cuerpo con las monedas en los ojos Aquileo se miro a si mismo, se miro porque Patroclo se le parecía suficiente como para llenar su armadura, porque sus movimientos eran versiones menores de los propios. Se miro porque al verlo allí tendido, inmóvil, vacío comprendió que pronto su cuerpo yacería de igual modo.
Se miro porque esos ojos para siempre cerrados se le hacían harto más familiares que los propios, porque el “Aquiles” que existía detrás de ellos era probablemente más digno de salvarse aún que el que Odiseo o Briseida guardaban y si ese Aquiles estaba perdido para siempre que más daba si el que quedaba dentro de él, con su fuego y sus artes de guerra se consumía también...
Cuando el fuego borró las similitudes entre los finos rostros de ambos guerreros, Aquileo por supuesto miro ese otro parecido restante y llevó fuerte sus dedos para sentir los huesos bajo sus mejillas, de la suavidad de las mejillas de Patroclo no quedaba nada más que un recuerdo en sus dedos que ni la aspereza de los bordes de su propio rostro, ni la empuñadura de lanza cualquiera acabaría de borrar adecuadamente.
Tetis por supuesto pidió una armadura para él, con la que llenaría de sangre troyana los cauces del Escamandro pero Aquiles se levanto de aquella ocasión y fue a combate sin que hubiera quien cantará sus sangrientos pasos sin armadura alguna, esperando contra la esperanza misma que alguna lanza o espada o saeta bendita le encontrase, pero era Aquiles, hijo de Peleo, el colérico y estaba bendito con poderosos brazos y ágiles músculos que traicionaban incluso su suicida voluntad y puños precisos que a muchos guardias llevaron a la muerte sin encontrarla ellos mismos.
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