Un montón de lluvia en un día gélido, las ventanas llenas de humedad listas para que una niña pequeña escriba un cuento de hadas sin razón en ellas.
Aunque da igual si el día prefiere estar soleado y una brisa suave golpea los arboles por la larga calle bajo los cielos grises. Un crayón recostado en la mano delgada de una niña, roto, con el olor peculiar de los crayones y más aún el olor particular de un crayón verde.
Verde como el pasto del parque que solía frecuentar con su madre y su hermano, verde como la botella de vino favorita de su padre, verde como sus ojos propios pero no tan hermoso.
Un silencio de esos que están llenos de ruidos que no importan en verdad y por eso son silencios, en este caso el silencio era lluvia ensordecedora en el más gris de los días; el fin del mundo.
Su madre estaba abajo preparando la comida, haciendo mil cosas de adultos, sus juguetes yacían inmoviles en el cajón y solo le quedaban sus pedazos de crayón esperando rayas la ventana y las paredes como nunca antes se habían atrevido.
La pequeña niña imagino un paisaje que tuviera suficiente belleza como para arrancarle una sonrisa a su madre, con más color y vivacidad que los días allá afuera últimamente.
Sus trazos se defendieron bien, cediendo una enredadera de rosas por un par de lineas perpenticulares. Los crayones tampoco duraron suficiente.
-Es hora de comer linda.-La llamo su madre mientras se acercaba, ella salió a recibirla orgullosa, su madre le indido que la siguiera y no hizo caso a las señas que le hacían sus manillas enrojecidas y envueltas en telarañas verdosas.
El dibujo permaneció allí sin ser visto.
Las escaleras desembocaban en el comedor y la gran imagen de un barco dominaba el espacio, a la pequeña Dina los barcos no le inspiraban en absoluto buena espina.
Una tormenta cuya calma serviría un comino, golpeando la nave, colosal embarcación, soberbia creación del hombre contra la soberbia ira de un Dios no nombrado por 1500 años.
En el barco apenas visibles pequeñas formas, hormigas del destino haciendo y deshaciendo tratando de calmar al monstruo titan que los mecia con poca ternura.
Rostros nada diferentes bajo la luz del trueno y la mascara de agua sobre ellos, cabellos caidos y gritos...gritos que eran un silencio ante el metal crujiente y la orquesta de olas.
Musíca si; pero del tipo que los hombres han olvidado como apreciar.
¿Acaso había en ese barco algún hombre que hubiera nacido para ser marinero? Nacido en serio, bajo un signo de agua, escucha de caracoles, conocedor de los recovecos en acantilados cercanos, amante solo de descendientes de sirenas.
Acaso el hombre que avanzaba con un poco más de ligereza por la cubierta soltando amarras y gritando ordenes a sus superiores.
Quizá un hijo perdido de las olas mismas que hallaba su arrumaco enternecedor; hombre joven que mostraba su madurez y grandeza bajo esa presión que destruía almirantes y pinches por igual...
Dina pensaba que no, egoístamente deseaba que todo aquel barco se hundiera en el mar verduzco de a veces, color favorito suyo, cosa que tanto la hacia sonreir.
Pero Dina no tenía la razón, era una niña pequeña y aunque a esa edad se tienen muchas verdades esa no era una de ellas.
Había tal hombre en el barco, gigante de un metro con setenta. Capaz de organizar a los hombres más allá de su miedo, con una voz que resonaba en la tormenta, con los movimientos ágiles para cruzar de lado a lado la embarcación y soltar amarras donde se debía y ayudar a tirar las velas.
Capaz de tomar el timón del Capitán mismo y virar como loco endemoniado, como pirata sin nada que perder, cual hombre que lo ha perdido todo...cuando en realidad era todo lo contrario.
Y resaltar entre la tormenta, volverse sombra terrible. Salir corriendo a proa con hacha en mano, quebrar cuerdas de vidrio negro y liberar a un colega de lo más insignificante.
Ser un héroe odioso de esos que solo se puede aplaudir.
Enamorar al mar mismo lo suficiente para que extienda sus dedos amorfos y lo reclame para si
Dejar la nave a salvo y en silencio en medio de truenos y gritos ensordecedores
Dedos temblorosos y ojos rojos rojos, una sonrisa de mamá. Dina sonriendo de vuelta, un tantito temerosa por su obra de arte que ya no parece buena idea.
Muchos hombres vestidos de negro y azul; que descortesia visitar así la casa con colores tan poco reales.
Niños entonces jugando mal al investigador.
Dina encontro una fuerza que antes no tuvo (Quizá porque la comida estaba peculiarmente sabrosa) para arañar el horrible barco y rayarle de verde mientras su madre miraba ida y gris el asunto.
Al final el cuadro roto y los hombres-niños azules con sus cintas amarillas permanecen pero Dina y su madre no.
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