sábado, 18 de febrero de 2023

El Nido (2017)

Antes de que empiecen a leer este texto sería muy adecuado mencionar que la idea se me ocurrió por una pieza de Mariela Kalinova así que para quienes tengan Instagram deberían ir allá y ver la pieza original de la que este texto es solo mi spin off personal.

El primer pinzón apareció a finales de septiembre, si esta historia tiene una victima es precisamente aquella criatura, se abrió paso hasta mi recamara desde ventilas del otro lado de la casa, le reconocí aquella gesta en cuanto lo vi posado sobre el viejo perchero que guardaba de mal modo saco tras chamarra tras chaleco de mi perpetua pertenencia.

Le mire desde la cama ¿Cuándo había sido la última vez que utilicé el delicado corte de terciopelo en que ahora marcaba sus diminutas garras?

No me pregunté que motivo le orillaba a mi presencia, mientras profundos e ingratos sueños invadieron mi mente y mi cuerpo el pinzón desapareció pero cuando la noche cedió de nuevo a la mañana le encontré de nuevo, mirando fijamente a veces, volando por sobre mi lecho otras, no es que su presencia me importunara en absoluto más que la mía.

Fue hasta el sexto día que se poso sobre mi pecho, traté sin mucho animo de ahuyentarle, volvió ese mismo día y al siguiente, fue hasta que su pico golpeó mi pecho por primera vez que entendí lo que intentaba.

A diferencia de Prometeo yo decidí no pelear, cadenas me ataban no nos equivoquemos, estaban construidas por un material no tangible, uno que habría hecho sentir al Estruendoso Zeus orgulloso, uno que separaba a los mortales de los dioses y que como estos era perceptible aunque no pudiera versele rodeando mi cuerpo, pesando sobre mis piernas, entorpeciendo mis manos.

El pinzón siguió intentando, conforme el invierno se acercaba...hacerse un nido en mi pecho, había mirado a Han Solo realizar la pequeña hazaña con un tantaun cuando era pequeño y sabía perfectamente bien lo que intentaba, cada certero picotazo tenía ese propósito.

Yo no era Prometeo así que moriría cuando el poderoso -y pequeño, muy pequeño y mono- pico se abriera paso más allá de mis costillas, pero el ave no era contrabandista convertido en capitán tampoco y no sabía que le esperaba un destino gélido dentro de mi pecho que no podría servirle de consuelo alguno.

Tenía después de todo el corazón congelado y era de ahí de donde surgían una a una mis poderosas cadenas...

El pinzón en su afanosa tarea acabo probando que yo tenía razón y a la vez que estaba equivocado, cada golpe me despertó un ardor extraño, un dolor que se extendía y despertaba mis marchitos miembros, logró meterse en el espacio en que debía tener el corazón más no logró que yo muriera primero.

Al amanecer de un día de octubre -ya no recuerdo cual de hecho- le encontré allí encima de donde debía latir mi corazón y estaba frío, su tacto quemaba mis dedos, desesperado lo aleje de mi cuerpo hacía un montón de tela en el suelo, me levanté deseando alejar la sensación del hielo. Las cadenas de pronto no surtieron efecto.

Volví a caer dormido aunque no sin antes liberar el viejo perchero con cierto afán que me provoco orgullo.

A la mañana siguiente otra avecilla se posó sobre la ahora desnuda madera antes de ir a habitar por sobre mi corazón expuesto, a esta segunda criatura si pude darle abrigo mientras anduvimos por las empedradas calles en la parte vieja de la Ciudad, la otra quedo bajo la ropa, el hielo que le mató se negó a entregarnos su cuerpo.

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