En el primer recuerdo en que su rostro aparecía -su rostro que no su nombre porque aquél había precedido a su llegada- lo único en lo que podía pensar era en una torre de Jenga™ desplomándose inevitablemente bajo sus manos y no en las continuas victorias con que se hizo en el Mortal Kombat alcanzadas gracias al doble de derrotas en casa de otros amigos unas semanas atrás.
Era suficientemente borroso y distinto a todos los demás recuerdos -escasos como eran- en que aparecería como para permanecer ahí, estático, congelado gracias a risas y platicas en las que no participaba mucho.
Así pues el primer recuerdo era sobre la inevitable caída de una torre que jamás estuvo ahí en principio por más que los repetidos sonidos de un “Come over here!” quisieran hacerse espacio en la memoria.
La lluvia y los cielos grises de aquel día habrían tenido mejor oportunidad de competirle al sonido de la madera cayendo sobre la pequeña mesa de centro y los pisos también de madera que otra cosa pero no habían llegado a tiempo.
Muchas lluvias y un viaje al oeste lejano, una fiesta familiar incomoda, otras tantas salidas con amigos y un centenar de besos -nunca entre ellos- separaban el primer recuerdo -inocente como era- del segundo -el que prendería la chispa que podía consumirlo todo-.
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