lunes, 4 de diciembre de 2023

... -2019-

Parecerá que hablo de la Luna pero no, hablo de los templos que capturan su luz y proyectan sus propias sombras, de los cuerpos que bajo ella caminan encorvados y chuecos.

La luna se abría lentamente, dejaba de esconderse, despertaba de malas y a extraño ritmo de un oscuro sueño que nos borró por un momento a todos, hasta que no despertase entera no eramos sino fantasmas, remedos de seres que le provocaban cierta risa.

Mi cuerpo era un templo olvidado, abandonado aunque no por mi, capaz aún de rezarle a los Dioses Viejos que una vez le habitaron -capaz incluso de invocarlos en los días adecuados, de provocar a su modo un fuego correcto aunque consumiera por dos días todo a su paso y los sacrificios resultaran costosos-.

Aquel templo a diferencia de los de piedra perpetuos iba a caerse a pedazos de un momento a otro y quizá debiera ser abierto de par en par a adoradores varios, pero esperaba y lo cerraban paredes de cristal templado, pues a quien estaba dedicado no vendría, esa tragedia era todo lo que tenía de griego, por lo demás era un templo de lluvia, de niebla, de hojarascas muchas y de arena ninguna.

La luz de luna convertía mis piernas en esbeltos pilares, me veía los alargados tejados, caminaba por mis propias paredes, alcanzaba a ser sacerdote del templo que proyectaba, estaba en ruinas y aún así me alumbraba, estaba colocado en la dirección incorrecta mirando un atardecer ajeno y aún así a rendir se negaba.

Escuché encaramado en la pared adecuada las oraciones que el templo exigía, las ofrendas de pan que encargaba, le ofrecí a mis Dioses poesía y letras esperando que la Luna completa otra imagen resucitase a su tiempo. Recé a una Luna distinta, no lo hice en silencio.

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