Mi nombre se lo llevo la tierra, la lluvia, el lodo y el fango.
Se lo llevo igual que mi casa, mis hijos, mi madre, mi esposo.
Mi edad la se muy bien aunque no la decía, ese tanto me queda, eso lo puedo repetir cuando vienen a ofrecerme ayuda.
Mi nombre no, una rara vez menciona su nombre, no me había dado cuenta sino hasta ahora.
Va una a la plaza, al pueblo de junto, le dicen doña, señito, señora, algún apodo al que te acostumbras.
Pero el nombre se vuelve una especie de intimidad, precedido de mamá lo usaban mis dos hijos, cuando me besaba lo usaba mi marido, al corregirme lo uso siempre mi madre...
Ninguno de ellos puede usarlo ya y creo que yo tampoco, si mis papeles se los llevo la montaña y están allí bajo esos escombros junto al brazo destrozado de mi hijito y el rostro afligido de mi madre...allí esto y allí estoy yo.
Yo como era, yo como me conocía, yo la que reía.
Queda alguien aquí, no me malentienda, pero quien queda aquí no es la que habitaba este cuerpo ayer, porque esa aunque no sabía muchas cosas sabía reir muy bien y cantar canciones que siempre las alegres...a veces no, pero aún las tristes las cantaba con alegría.
La que es ahora no recuerda cantar sino sollozos, sino lamentos.
Reir se convierte en una mueca de llanto.
Alguien existe, alguien soy yo, pero no soy quien era de eso pueden usted y yo -quien sea- estar seguros.
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