Avanzaron por el hipotético bosque, donde hojas de Pudoser caían al por mayor bloqueando sutilmente cualquier información que pudiera contener el sendero, avanzaron cual alma que lleva el diablo, y bien que a uno entre ellos en verdad lo llevaba de la mano el señor de las tinieblas, pero a los otros 3 les llevaba su propia voluntad, su deseo de explorar, su necedad cuanto muy mal.
Durmieron en troncos caídos de Incomprobable, se cubrieron con sus mantas viejas, se durmieron mirando las estrellas.
Al amanecer el sol les abrió los ojos, habían rodado una gran distancia, perdidos quedaron en el bosque, el Diablo abandono a su suerte a su discípulo, la voluntad se quebró, el deseo se volvió realidad y luego miedo...la necedad se aprendió su camino de regreso.
Y todos olvidaron a la princesa raptada y los tesoros prometidos, la belleza fulgurante, les pareció aquello un canto de cuna de estrellas.
Esa es la historia de los tres montículos que hallose en el camino el guerrero (En uno la espada valiente, en otro la daga traidora, el mapa roto en el último), y el cuarto, el necio que salió del bosque pero vago por estepas y nunca volvió a su pueblo...ese era su padre y el destino curioso quiso que fuera el quien completara la misión de aquellos hermanos, tíos suyos de otrora.
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