Sonrio mirando el atardecer, la luz de una lampara alumbra la mitad de la otra cara, la penumbra del ocaso se lleva la otra mitad de mis facciones al mundo de las sombras, me resulta adecuado.
Yo no existo.
Yo no existo aunque rio y me baño, devoro panes cuando tengo la oportunidad, me sonríen alguna vez niños pequeños y hombres por igual -aunque no por la misma razón-
Para existir se necesita una historia y un nombre, una edad y una raíz, yo solo tengo una de esas cosas, memorias vagas de mi madre, arena, arena, tierra, el oceano inmenso, soles que lastiman la piel, estrellas en medio de la nada, noches negras, negras que no puedes ni verte las manos, el calor del abrazo de mi madre, el cuerpo frío de mi hermano muerto, la carrera interminable por dejar atras mil guerras.
Este lugar, donde sonreir y pedir comida con gestos en las manos son lo único que puedo hacer, eso y tocar el violín, ese único elemento mio, posesión única, idioma restante, porque lo que hablo es aquí una lengua muerta, una religión olvidada, una patria de una sola persona.
Yo, yo que no existo, aunque necesito de las monedas de mis escuchas, que solo recuerdo que mi mamá me llamaba “preciosa luz” yo que existiré poco a poco en cuanto aprenda a decir más palabras que “hola” “gracias” “adiós”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario