La luna no logra traspasar las ramas del bosque al norte, hay puntos bajo el espeso ramaje en que el aire se vuelve más denso, donde la oscuridad intensa cobra la forma de espinosas ramas y duras rocas, algo se mueve en ese sitio, suave, muy suavecito, sin hacer ruidos, como si fuera parte de esa oscuridad inmóvil y peligrosa. En cierto sentido lo es pero por supuesto respira -creo que todavía lo hace- y camina, trepa, alcanza, se mueve y eso le hace harto más peligrosa.
La otra oscuridad no te puede dañar si eres consciente de ella, si caminas despacio, si mantienes un oído atento, pero aquello si puede.
Antes, cuando la oscuridad en esa parte del bosque era solo eso yo le tenía mucho miedo, me habían leído poesía sobre oscuros bosques y yo la recordaba, lobos, serpientes y otras cosas menos conocidas le habitaban en mi imaginación.
Mis miedos no se hicieron realidad en un oscuro bosque sino en una iluminada mansión, el rojizo fulgor de las velas estaba presente, los rostros extraños me rodearon, me vinieron indecibles dolores y las luces -aunque nunca la del sol que se oculto durante todo mi suplicio- no me abandonaron.
La oscuridad estaba detrás de esos ojos y esas odiosas manos con sus afiladas cuchillas.
Cuando lastimado y asustado volví a la parte más oscura del bosque buscando esconderme me di cuenta que le reconocía ya las sombras, que cierta hojarasca y ciertas ramas lo hacían bastante habitable, que no tendría que mirarme en dolorosos espejos, recordar mi ser mancillado e incompleto...
No tenía que ser yo sino solo abrazar y volverme la oscuridad del bosque.
Y yo me convertí en la parte que respira, la que camina, trepa, tropieza nunca, alcanza, muerde.
Conmigo la oscuridad del bosque se extendió más allá de sus fronteras iniciales.
Le otorgué angelicales motivos a mi infantil miedo y los vestí de mi lastimada carne. Un ángel si, pero no de los del cielo.
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