No sabía que ardía con más fuerza; el fuego que Mi Ciudad inmensa alimentaba y ardía allá, aquí pero afuera, o el que a mi alma poco a poco arrinconaba y ardía aquí, por siempre dentro.
A lo lejos escondido bajo cascos incontables -moviéndose continuos cual la peor clase de plaga- Menelao aguardaba, cada grito, cada instante lo acercaba, no quedaba Aquiles que colérico le retará, ni Hektor valiente muralla flexible contra la que se estrellará, ni Paris que con saetas defenderme intentase, entre aquel y yo solo Troya ardiendo colapsaba.
¿Había partido Eneas ya con la bendita espada? ¿Se encontraba en otras costas, había dado a luz a gemelos salvajes a esta hora? ¿Estaba escrita ya la perdición de los nietos de los aqueos y espartanos como tan clara ahora estaba la nuestra? ¿La mía propia escrita en un cascarón de huevo en un día que presencié pero recordar no puedo?
Lastima más la llama de desesperanza que por dentro devora que la que quema mis brazos por fuera, si pudiera alimentarse de mi rostro y quitarme mi don que ha traído tantas maldiciones...pero no, el fuego lo respeta, me respeta, se aleja cuidadoso, se apaga alrededor, me deja apreciarle; hermoso de distintos modos, aterrador en los otros, me susurra: “No fue tu rostro el que pintó de rojo el Escamandro sino los brazos y la cólera de Aquiles, no has sido tu quien provocó esto sino la astucia maldecida ya de Odiseo” me priva de encontrar el fin antes de que se revoque el rapto, Troya arde y la esperanza me abandona, vuela en las alas de algún mensajero a otro sitio, la fuerza abandona también mis rodillas que frágiles se doblan, espero, aguardo paciente el destino, escrito hace mucho en una manzana, en un cascarón, en las velas de incontables navíos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario