“Casi prefiero las tormentosas noches, que la lluvia golpee vidrios y tejados arrullándome hacia inquietos sueños, ese es el único tipo de descanso que últimamente obtengo.
He arrumbado en bodegas varias, en el establo, en incontables áticos cada objeto, cada cosa que adornaba este sitio esperando alejar con ello su fantasma de mi mente.
Resulta inútil porque habito siempre detrás de mis parpados y fue desde ahí que obtuvo el cuerpo y la presencia para deambular por pasillos oscuros e interminables que se extienden desde las salas del ala oeste hasta mis recuerdos profundos.
Ha invadido la casa y mi cuerpo por igual en silencio de mortal eficacia, lo mismo se le puede ver -al menos también la servidumbre podía- en las cocinas que en recuerdos de mi infancia a los que no pertenece, su sonrisa es suave, conoce la extrañeza de su invasión, su silencio es profundo, no podemos ganarle la batalla ni construirle muros que no supiese derribar, infiltrar, habitar.
En las noches despejadas se sonríe bajo la luz de la Luna y las estrellas recuerdan su absoluta, infinita distancia, se pasea en nocturnas yeguas que no pertenecen a este sitio ni a ningún otro, su cabello negro se extiende en la oscuridad de los bosques o del cielo mismo.
Es la señora de la vieja casa; mansión que se cae a pedazos a falta de quien por miedo a ella la atienda, por las mañanas yo conservo lo que mejor puedo sus dominios que ya no míos. Espero un regreso que no ocurre, trato de nunca mirar de reojo a sitio alguno porque se que lo habita, en las plazas toma los cuerpos -inferiores todos- de cualquier jinete, de cualquier señora, para mirar en mi dirección con una sonrisa enloquecedora.
No creo que me mire a mi, solo en mi dirección general y una hilera de dientes perfectos se asoma para sonreír al viento y con esa sonrisa basta para que regrese al viejo hogar a construir más corredores, a reparar los existentes, a mantener un reino pequeño para ella entre el mar y los acantilados cual si fuera hija de fértiles campos y feroces mareas por igual.
A veces su sonrisa traspasa la plaza, los pasillos, los profundos bosques, se acerca tanto que entra lastimosamente a través de mis ojos, así es como inicio su invasión después de todo.
No le queda más que tomar de mi y aún así prevalece, fuera de la ventana, reptando a través de los tejados, escondiéndose detrás de las puertas, alimentándose de la desesperación que la esperanza tenue puede provocarme.
A veces prefiero las noches tormentosas pero mucho temo que encontrará un modo de volver la lluvia una canción propia pronto, como la ninfa marina que si desea ser podría, que encontrará un modo de emerger desde la tierra como la olvidada diosa menor que ha olvidado ser, arrebatando incluso la lluvia, incluso los sueños montada en imponente compañera de ocasiones, distante perpetua, despiadada también.
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