El la miraba desde la orilla, agitaba tímidamente las aguas del lago con la punta de sus pies.
Aquello ella lo tomaba por caricia.
Ella le cantaba apenas asomando el rostro y el cuello en la superficie, lo arrullaba hasta que se quedaba dormido entre las hierbas costeras, ahí donde quedaba a su alcance para atraparlo, apresarlo entre sus poderosos brazos y hundirlo, arrastrar el cuerpo sin vida lejos, al mar.
Pero no lo hacía.
El contaba en vez de cantar, ella tenía ritmo sin palabras y él versos sin ritmo. Se acompañaban lejos de las tormentas y lejos de las batallas.
De vez en vez sus discordes voces se hallaban afines, en tal sincronía se besaban sus ecos donde ellos no podían, en un rincón entre suelo y lago, entre mar y cielo.
Artemisa insensata como era se compadecía cuando sus encuentros iluminaba, Apolo orgulloso cierta envidia generaba;
¡Era una ninfa tan menor! ¡Que mortal tan simple, de poca estirpe aún si gallardo semblante!
Y aún así era amor lo que contaban -cantaban-.
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