Era una tarde de miércoles en septiembre, el sol a las tres le pegaba fuerte a un pequeño puente peatonal muy por encima de un ruidoso caudal de autos mas no muy por debajo de los cables de electricidad, caminando por el iban dos jóvenes, uno de ellos tuvo que agacharse para evitar el cableado; su voz se perdía entre los ruidos de ciudad para todos excepto ellos.
-…mas vale…en vano…quedo mal.-Decía el primero.
-Parecía mas…pero no creo…quince ni siquiera dieciséis.-Le contesto su acompañante.
Cruzando en la dirección contraria paso un chico uniformado, por poco mas joven que el alto en aquel inusual par; llevaba el uniforme impecable, pero el rostro perdido, los ojos ciegos al sol en otoño y los oídos incapaces de percibir a la abrumadora ciudad circulando.
Un minuto después ya sin jóvenes en el puente un señor de unos treinta años miro pasar a una chica apresurada con el mismo uniforme, con cabellos de esos que acaricia el viento y angustia en los ojos.
El nombre de la chica no era Andrea, recién había cumplido catorce años y cursaba el tercer grado de secundaria no muy lejos del puente, la enorme avenida, la guarida con un dragón o la panadería frente a las que estaba. Vivía eso sí lejos de allí y me resta asegurar que no andaba camino a casa.
Perseguía al chico cuyo nombre definitivamente no era Andrés, compañero de clases y típico amigo enamorado.
Hace solo un par de horas atrás una hoja perdida había revelado el secreto a voces, y un chico enrojecido al punto de antorcha humana le había confesado su amor primero, ella guardo silencio pálida cual fantasma, demasiado distraída para corresponder, demasiado bondadosa para herirle de lleno en el pecho.
Alguna tregua se armo y los dos se escabulleron aprovechandole, el escapó corriendo en cuanto el timbre los libero de clases y ella permaneció indecisa por un minuto y veinte segundos mirando sin mirar su reloj aguamarina.
Una vez decidida indago con sus amigos hacia donde debía ir, avanzo a prisa sin dejar de mirar las cuadras no tan conocidas aunque solo contemplo unas diez calles de taxis verdes y autos opacos avanzar, diluirse. Bajo la velocidad apenas estuvo cerca la avenida grande y el metro y los centros comerciales y la gente, tanta que la hacía sentir incomoda. Mientras buscaba por donde atravesar, cruzo con un par de chicos que para todo uso ni siquiera estaban hablando español; se quedo mirandoles un momento antes de recordar el porque de su viaje y encaminarse a un puente demasiado estrecho para su gusto.
Del otro lado del puente no le tomo diez minutos encontrar a su conocido amigo, asistente de trabajos y copiador en los exámenes. Estaba tumbado sobre el pasto y el polvo que rodeaban un extraño monumento en que el graffiti se había llevado las pretensiones de escultura moderna.
A ella le parecía anticuado en aquella zona tan urbana.
Para el era como una construcción de tiempos inmemoriales llena de magia y leyendas que le inventaba. Sobra decir que era su refugio.
Y de pronto al abrir los ojos miro algo que no debía estar allí, alguien, con los colores chillantes de su uniforme, y su pesada mochila, alguien que le había seguido muy lejos de la escuela casi frente a la casa a la que nunca había podido (O deseado quien sabe) ir.
Ella dibujo una sonrisa entre su rostro angustiado, y sus ojos se volvieron de cristal sin entender porque razón.
El se sintió avergonzado de que le hallara tumbado en un sitio que los vagos ocupaban la mayor parte del tiempo y que en el mundo real era poco mas que un basurero. Se levanto de inmediato, sacudió el polvo de sus pantalones, se preparo para decirle algo mientras sonreía tanto como podía sin que fuera aterrador.
Pero las palabras no vinieron, solo algunos pasos que los acercaron y alguna voluntad de alejarse un poco de aquel lugar.
Se compraron un helado en una extraña esquina cóncava que se formaba en la pequeña plaza comercial frente a ellos, apenas y abrieron la boca para pedir y pagar cada quien la misma orden.
Un estacionamiento les sirvió de refugio, pero allí tampoco hablaron realmente, los dos miraron a un hombre con un gran paquete cruzar frente a ellos e ir a unos metros a sentarse. Deseaban preguntar que habría en tan extraña bolsa, pero ninguno se animo.
-¿Estas bien?-Pregunto la chica finalmente.
-Eh si.-Respondió y el silencio volvió en aquel extraño oasis entre el ruido.
Los chicos del puente volvieron percibió el ya no tan secreto enamorado y se distrajo en esto.
Los extraños de la avenida aparecieron de nuevo y provocaron conjeturas dispares en la adolescente.
Lo cierto es que su proceder fue menos complejo o interesante que en las mentes de los secundarianos, tras un saludo con el hombre del paquete extraño le compraron algún articulo en pequeñas cajas de plástico con color azul. Mas que eso ya no sabrían porque se empezaron a ver a los ojos desatando una guerra que ninguno de los dos tenía la voluntad de terminar.
Cuando no quedaba helado y el silencio los había desgastado los dos abrieron la boca y pronunciaron un “Mañana“ con particular esmero.
Luego rieron, por un momento el día se borro y recordaron lo buenos que eran para hacerse reir entre ambos y alguna aventura en las plazas comerciales o en la escuela.
-Mañana entonces.-Le dijo ella.
-Mañana podremos hablar con calma.-Contesto el.-Y si quieres podemos venir a las Piedras Perdidas para que te cuente su historia.
De la nada el metro se la llevo y el emprendió el camino a casa.
Por la mañana ella llego puntual a la escuela como siempre pero no él. Enfadada espero desesperando el momento de salir y de nuevo se encamino esta vez sin mirar chicos extraños. Se armo en su mente un reclamo que empezaba con “Creí que me contarías una historia sobre estas piedras extrañas...“ y de algún modo terminaba con “... desconsiderado maldito que creo estar también un poco encariñada contigo“
Se encontró una pequeña veladora y un ramo de flores no muy lejos del anticuado monumento y llevaban por nombre el de un desconsiderado maldito y no tan secreto enamorado. Mañana fue para siempre muy tarde.
Ahogo su llanto, se marcho en silencio se volvió adicta al lugar en furtivo aprecio. Lo miro convertirse poco a poco, primero en una especie de descanso urbano mas bello, luego se desvaneció la tienda de helados, la de celulares, la panadería cambio y la guarida de dragones frente al tranquilo estacionamiento primero brillo y luego fue abandonada.
Finalmente todo fue destruido; el puente y las Piedras Perdidas, el edificio que guardaba la plaza comercial, el río de autos se quedo seco, la gente tuvo que pasar por senderos tan estrechos como antes lo fue el puente. Los cohetes reemplazaron no muy lejos a los dragones pero nada mas fue reemplazado.
-Aquí hubo una torre antigua.-Le gusta contarle a la hija de su hermano.- Custodiada por dragones y hombres voladores, un chico simpatico vivía en ella hasta que los autos y los hombres grises, vagabundos que vinieron un día para no partir por la noche se apropiaron del lugar.
-¿Y el chico?-Le pregunta su sobrina.
-Me estará esperando mañana.-Contesta siempre.
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