lunes, 26 de junio de 2023

Trish (2018)

Digamos primero que se desciende a un infierno, más personal que grupal, más lleno de fantasmas que de demonios, con espejos y aguijones carnosos por igual, se desciende pero se va más allá, porque las paredes del infierno pueden ser traspasadas, una y otra y otra vez.

Los pisos de ese sitio tienen un color familiar, una apariencia de memoria rota, dejada atrás en tiempos en que el color tenía atributos distintos.

Cuando se cruza el infierno y el purgatorio para buscar cielos que no están allí, círculos que no existen sobre planetas que son frías e inhóspitas esferas de metal fundido y gas que se pega a la piel y la lastima más no sostiene jamás los pesos de cuerpos celestes para evitar caidas más infernales que el infierno mismo; para cruzarlo solicitas a un poeta pero el poeta no sirve sin luces esperando del otro lado de los caminos perdidos. Luces no de estrellas sino de ojos, brillantes, enormes, perdidos, improbables, oscuros, tristes.

¿Conocen esas luces y esos ojos no es cierto? Son distintos, si cada uno cierra los propios pueden aparecer entre brumas de memorias perdidas mucho tiempo atrás, por sobre la sonrisa adecuada y bajo rizos de cabello de los más distintos colores, existen y ya, aparecen y luego se van.

Luces pequeñas pero suficientes, marcando un sendero más allá de los circulos, porque el infierno, de uno mismo y de otros tiene mucho que ver con dar vueltas sin cambiar los rumbos o los actos, luces que no se alcanzan pero seguirlas quizá basta por un rato, hasta que los ojos mismos, del poeta, del albañil, del físico aventurando la odisea obtienen su propio brillo y miran más allá de los espejos por lo que son, reconocer las cadenas transparentes que amarran aquí y allá y allá a paredes que se caen a pedazos más veces tarde que no, pilares que quisiéramos preservar pero vemos derrumbarse y a veces nos derrumbamos con ellos o bajo ellos...y cuantos tienen la fuerza de los brazos de antaño para levantar el pilar y dejarlo a nuestro flanco siguiendo para otro destino buscar.

Porque los cielos guardados por los cuerpos celestes no existen pero hay otros destinos y otras victorias y los ojos de Trish, Beatriz de los mil nombres y los cien mil rostros pueden aparecer y quedarse en algunos de esos sitios, más no en todos y aún donde no, aun donde Beatriz es el nombre del pasado y la sonrisa de la infancia perdida, la del recuerdo marchito que no puede y no volverá; aún allí el camino encontrado bien vale nuestro descenso individual, ineludible.

Todos morimos más no todos vivimos realmente, todos visitamos el infierno pero pocos son los que escapan de sus laberintos.

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