He de confesarte que la envoltura de aquel libro la tire en un contenedor en una estación de tren, no muy lejos, pero lo suficiente para que sea irrecuperable, como el momento en que abrí el libro golpeandome un dedo con la uña o los muchos momentos en que decidí no abrirlo, posponiendo la dicha de encontrarlo.
Me acompaño en un viaje matutino de esos que por mucho tiempo no realice, pero que en esta semana me he hallado repitiendo, andando por lugares tan familiares que aún sirven para viajar en el tiempo y tan extraños que aunque estuve en ellos en algún proto-recuerdo bien formado; me resultan harto más que irreconocibles.
También confesare que sí bien los nombres me resultan familiares, las situaciones a veces, solo a veces se me hicieron cuentos nuevos, o todo lo contrario, nadando en el espeso pantano que llamamos mitos.
El amor se escribe mejor en francés dicen, en todas las posibles facetas que abarcan, por ahora estoy inclinado a creer que es cierto.
La mire por cierto, el viaje todo giraba en torno a ella, así que por supuesto la mire; primero al contraste de las primeras luces del alba y al último a través de un cristal burdo cualquiera, primero de frente y al final de espaldas, tentado estuve a dejarla inmaculada, ignorante de mi presencia, esperando el juicio sin saber que la vi esperar, pero algo me obligo a golpear el vidrio, a pedir ayuda sin otorgar las gracias, a buscar el rostro detrás de su manto de nieve, el rostro golpeado detrás de su manto de nieve.
He de confesar pues que recordé lo que logró y lo que no, y lo que intento aunque sea sin esperanzas ni significados ciertos, las cargas de palabras que no intentan decir lo que es o lo que debe ser, sino lo prohibido, componer melodías con los hilos de las parcas, escribir historias con la lanza rota de Hector; domador de caballos.
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