Desperto un lunes nublado cualquiera, muy temprano para sus citas de trabajo, muy tarde para ver el amanecer.
Tras colocarse sus pantuflas salió al jardín, quedaba algo de húmedo rocío, un tanto del frío nocturno, un deje del amanecer naranja. Riega las plantas un poco adormilado dejándose sorprender por el aroma fresco, por las texturas y los pequeños ruidos en un mundo pequeño lejos de la calle mas o menos transitada apenas a unos ladrillos de distancia.
De pronto cree mirar una hoja respirar, no tarda en mirar un ente sobre ella, blanquizco, casí transparente, se mira un liquido oscureciendo moviendose, reparandole. Multiples ojos, enfocados en las presas y los depredadores, incapaz de mirarse preciosa a si misma, de parar y perderse en su gigantesco eden, en el cual gobierna.
No le quedan sino unos segundos antes de irse, de seguir con su vida diaria.
Al día siguiente le busca, pero no hay nada. Su día se vuelve tedioso.
Para el miercoles se preocupa de cazar un par de moscas en los fruteros de la cocina.
Le otorga su humilde ofrenda al deidificado insecto, aparece para enredar con precisión, para agradecer con graciles movimientos, para vaciar su veneno y quedarse en blanco pura, cual el mas perfecto de los seres, lejano de las trivialidades que enredan y asfixian.
En el mundo de la araña solo ella enreda solo ella asfixia.
Para el jueves le encuentra muerta en la orilla de su tela, aplastada por algun artefacto humano.
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