domingo, 1 de octubre de 2023

365 (77) -2018-

La ciudad hablaba, hablaba a traves de sus ruidos y sus luces y sus tonos de gris que saturaban la paleta de esos tonos.

Lo primero era escuchar solamente a los que estábamos en la ciudad, así aparecían historias y ruido así porque sí, pero ese era el habla de los que contaban la historia, no de la ciudad que les sostenía.

Más allá de los claxons aparecía una especie de lamento, alguna especie de canción interrumpida a propósito, un orden perdido dispersandose en el caos, más allá desde los montes hasta los edificios los brillos del sol decían algo, a veces repetían solo cantos de la misma época en incontables años ya pasados, modificados poco a poco hasta que no parecían ya lo mismo, salvo para el que habitará dos puntos de la misma historia en la geografía bruscamente modificada, alterada.

La ciudad moría cada 100 años definitivamente y nadie podía detenerlo, aunque esos 100 años eran una constante infinita, una ciudad especifica cantaba por última vez aquel día -que no hoy- y al morir el hombre adecuado se desvanecía para siempre y no quedaba rastro de sus sonidos a veces aún agrícolas, de sus ríos en superficie, de otras tantas cosas.

Un día la ciudad sin metrobuses morirá, un tanto después que yo, con los que nacieron cuando nació la más pequeña de mis primas que aún pueden recordarse en el parque sin aquellos carriles confinados, un día en los proximos 30 años también la ciudad sin metro, ojala también la ciudad siniestra e insegura aunque ese recuerdo perdure en cicatrices que lleve una vida sanarles.

La ciudad no habla, me equivoque, canta con sus vientos y si, con sus luces y sus lluvias que quiere hundirse y ser lago otra vez y quien sabe, puede que sea más fuerte que nosotros, puede que su canto pueda, puede que vuelva a serlo y el valle que fue ciudad se muera y solo queden fotos y películas para atestiguarla-atestiguarnos a nosotros que anduvimos tanto en ella.

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