Puede que la lluvia previa no se hallará tan lejos como el calor constante la hacía parecer, los cielos se tornaron grises bien temprano.
Quien sabe que ritual finalmente trajo la lluvia más allá de las montañas al norte y al este...pero algo lo hizo, ahora estaba aquí, primero con truenos y después con gotas pesadas golpeando los techos de lamina.
Por entre aquellos ruidos se alcanzaba a oír el constante chillido de una gata, guareciéndose en las orillas, encontrando refugios donde no los había, sin embargo creo que su llanto no obedecía al del cielo, sino a alguna historia perdida entre aquellos estruendos.
Una tragedia para la que los humanos no tenían ya palabras, una que se había deslavado como las paredes de algún edificio cercano, quizá una que no provocaba lagrimas ya, sino una tristeza distinta que oprimía ligeramente a lado del corazón que conociera la lengua muerta en que fue hablado; la gata lo había escuchado viajando por entre azoteas antes de hallarse un hogar, a manera de silencios más que de narraciones, de miradas a atardeceres ahora envenenados, de siestas para esconderse del sol.
Los chillidos eran desesperados, encontraban un sendero a través de mi piel lastimada, aún después de que se detuvieron y un saxofón acompañaba mis pasos sobre charcos de lluvia insipientes.
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