Me deslizo por el solitario sendero, escuchando el eco de mis pasos perderse entre su soledad inmensa y los muchos de los que hace unas horas se paseaban por aquí. Cierro los ojos un instante, los abro al compás de una dulce musica, amable al oído pero pesada al corazón. Observo la continuidad del camino, detrás y delante de mi. La luz del día se esta perdiendo a la noche y a una espesa niebla, un momento las torres (Testigos de la ciudad que me rodea) se alzan orgullosas a lo lejos y al siguiente se pierden entre manchones que no dejaran ver ni Luna ni estrellas. Los acordes de una singular melodía aun flotan en el aire, acompañados a estas alturas del chillido de múltiples aves, lejanas algunas, y otras en el lago, graznando.
Una tranquilidad inunda el ambiente; mascara de amenazas diversas que se liberan en esta particular noche. Cuando detengo mis pasos me doy cuenta de los engaños del paisaje, de una simetría imperfecta que me ha llevado a avanzar en sentido contrario, alejándome de mi destino, la noche se ha cerrado sobre mi, la niebla le hace los favores y mi deseo de una linterna no es nada mas que eso.
Imagino o mas bien hago una lista de lugares habitados por más fantasmas, pero no por ellos se debe avergonzar este bosque, alguna vez testigo de una gran batalla, los agudos sonidos del principio se han vuelto duros golpeteos de tambor provenientes de ninguna parte; las voces de comando en un idioma mas o menos familiar se ven seguidas de los agónicos gritos, las maldiciones y blasfemias. El sonido de un ahorcamiento masivo me obliga a retroceder, buscando refugio entre los ya vacíos edificios de los que provengo.
Me encuentro con rejas cubiertas de enredaderas siniestras cerrándome el paso, la marcha de un ejercito fantasma me arrincona hacia otra cerca que con cierto recelo descubro abierta. Allí escucho mis propios fantasmas, mi voz se vuelve la de un niño emocionado cualquiera. A lo lejos retumban sonoros los cañones y yo me interno mas y mas en el parque sin cautela. Sombras se mueven aquí y allá, mas corpóreas, menos vapor que los soldados allá fuera.
Sombras por entre la oscuridad, rugidos, respiraciones profundas, ojos entre arboles, olor a sangre, acelero mi andar víctima de un hechizo deseo mirar cada recoveco, víctima del frenesí me apresuro hacia alguna salida frente a mi y no detrás, el chillido de las aves se ha vuelto un ruido ensordecedor, acompañado de otros sonidos igualmente bestiales, forzándome a avanzar un poco mas.
La enorme sombra me cierra el camino, distingo su forma cual en un sueño, recuerdo lejano de la última vez que le mire realmente. “Oh tigre de aterradora simetría” No puedo sino sonreír ante mi siniestro anfitrión.