jueves, 29 de febrero de 2024

Pared de Cristal 2020

Todavía puedo recorrer grandes tramos de tierra poniendo un pie frente al otro tan rápido como me es posible -en eso me parezco o incluso he superado a mi versión de 15 o 16 años- aunque no se si soy ya más lento de lo que alguna vez fui.

En estos recorridos más veces que no me acompaña mi reflejo en modernos edificios, en absurdos ventanales. He notado que últimamente le escribo en exceso a mi reflejo, debe ser parte de la idea de la soledad que se filtra a través de los rayos de sol y los vientos de la temporada -luego caerá sobre mi como lluvia ligera en inicio y aguaceros ensordecedores después-.

Mi reflejo me acompaña y cuando volteo a verle sonríe, inadecuada y torpemente como sabe hacerlo, a veces no le gusta lo que ve y arroja una mueca de regreso, pero esa no es la norma, en estos días le agrada lo que ve aunque queda mucho por arreglar en su espacio -lo que debe arreglarse no salta a simple vista-.

Sonreír es todo lo que hace, no puede hacer más, hay una larga pared de cristales que le impide acercarse, una inmensa pared que me hace notar su distancia y robarme otra idea y extender mis propias palabras sobre ellas, si llevará una mano hacia su propia mejilla un reflejo solo puede alcanzarse a él mismo, la sensación doble -en los dedos y el rostro a la vez- destruye en cierto modo la ilusión que sentir solo la mitad de ello tendría.

Sonreír es todo lo que hace mientras permanece distante, no de un modo distinto a como yo me he alejado del mundo que no es un reflejo, pero a veces desearía que no existiesen enormes paredes de cristal e infranqueables Campos AT que nos envían en solitarios senderos que se reescriben únicamente a través de rostros igualmente distintos pero indistinguibles en su lejanía.

Este escrito se veía mejor en mi cabeza.

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